viernes, 23 de marzo de 2018

DISCEPOLÍN Y EL TIEMPO VIVIDO. Entrevista a Luis Longhi, autor e intérprete de "Enrique" (Teatro La Comedia)

Luis Longhi, músico, actor y autor
“En mis obras retomo hechos pasados sin dejar el presente, el ahora. Me interesa escribir desde mi tiempo y hacia adelante. Tomar, como lo hice, la figura del almirante Isaac Francisco Rojas en paralelo a la de Fanny Navarro, actriz, amiga de Evita y compañera de Juan Duarte. Escribir sobre Gardel, recrear la figura de Perón y ahora la de Enrique Santos Discépolo (1901-1951). Revisionar desde el aquí aquellos momentos para entender por qué pasó lo que pasó.”

Luis Longhi, bandoneonista, actor y autor de textos teatrales y letras de tango, traza así su perfil para referirse a su obra Enrique, a estrenar el próximo 8 de abril, dirigida por el dramaturgo, actor y docente Rubén Pires, en el teatro La Comedia, de Rodríguez Peña 1062 CABA. Longhi, creador junto al pianista Federico Mizrahi del grupo Demoliendo Tangos y del programa de TV Sarpando Tangos, con Guillermo Fernández, acerca  su mirada -en lo que quiere ser una “comedia grotesco musical”-  sobre la vida y obra de Enrique Santos, autor de piezas teatrales y en colaboración (El organito, de 1920, junto a su hermano Armando Discépolo); guionista, director, actor en teatro y cine (su antológica composición en El hincha), y letrista y compositor de tangos admirables. Basta recordar Tormenta  (1939), Cambalache (1934),  Yira yira (1930), y Desencanto, grabada en 1937 por su orquesta con la voz de Tania, y otras creaciones, algunas mencionadas por Longhi en esta entrevista.

En la obra, el despegue es un final que tiene fecha: 23 de diciembre de 1951, “preámbulo de su última función”. Un imán para quien quiera sumergirse en esos instantes en los que se cree que el código secreto de la imaginación despierta y acelera. De ahí la búsqueda de Longhi: “Necesitaba que Enrique tuviera en esos momentos una noción final de su vida, y pensé en ese mito del desfile de los fantasmas propios, y en un interlocutor.

¿Y lo encontró?

Tuve presente a Tania, su mujer, y los conflictos que tuvo con ella. También a la mujer mejicana con la que tuvo un hijo que no reconoció, y a su hermano Armando, quien,  a la muerte de Enrique, hacía catorce años que no le hablaba. Hay un libro emblemático referido a esa enemistad del que tomo algunos rasgos. El libro es Fratelanza, de Jorge Dimov y Norberto Galasso. Contiene especulaciones con fundamento psicológico, discutibles pero.interesantes. Pensé también en un interlocutor político, por su adhesión a Perón.  

Adhesión que le creó enemigos...

Y lo debilitó,  más allá de sus penurias físicas. Padecía una anemia crónica y no se alimentaba.

¿Era necesario el rol del interlocutor?

Enrique no debía atravesar ese momento en soledad. Me decidí, y puse a todos y a ninguno, porque el que dialoga con él es el “che pibe” del teatro en el que hará su última función. Un pibe de veinte años, asistente del jefe de escenario,  que llega hasta el camarín y le avisa que faltan sólo diez minutos para comenzar.

O sea, alguien ajeno y joven.

Y que lo admira como artista. Enrique ve al pibe y quiere alargar ese momento. Le pide que no se vaya y entre los dos compongan un tango destinado a su hermano. Desea eternizar ese momento creativo, y es ahí cuando aparecen los fantasmas. Él se sintió siempre actor, y desbordaba en todo lo que hacía. Lo consumía su compomiso social y la pasión que ponía en su trabajo: en el teatro, en los tangos, en la radio.  En Pienso y digo lo que pienso  -programa que en un comienzo tuvo como libretistas a Abel Santa Cruz y Julio Porter, y donde se invitaba a figuras populares que iban rotando-  Enrique, le habló a un imaginario “contrera”. Después quedó solo en el programa y acabó dirigiéndose a un oyente que había enviado cartas firmadas bajo el seudónimo de Mordisquito. Lo fantástico de todo esto es que el partidismo no quedaba necesariamente expuesto en los tangos, y esto sucedía en él y en otros  grandes autores de tango.

¿Tal vez porque se reconocían poetas populares? 

Lo eran, y nos siguen asombrando. Homero Manzi, Cátulo Castillo, Enrique y otros grandes tienen una poesía excepcional. La última curda, de Cátulo y música de Anibal Troilo, es de 1956, año de los fusilamientos en José León Suárez. ¿Y cómo poetiza Cátulo en ese año? :  “...¿no ves que vengo de un pais/ que está de olvido, siempre gris tras el alcohol?... “ ¿Y  qué nos cuentan Yira yira  o  Tormenta, uno de mis tangos más queridos: “... Yo siento que mi fe se tambalea, / que la gente mala, vive ¡Dios! mejor que yo...” También en la década del  '30, la llamada “década infame”, Enrique crea Cambalache.  Hoy vemos a gente que siempre tuvo poder social y económico que se ufana con la letra de este tango. Olvidan que Discépolo está criticando a  sus poderosos antepasados.

Prefieren pasar por desmemoriados...

Por eso, traer a estos personajes y proyectarme desde el aquí y el ahora es lo que intento cuando escribo sobre Carlos Gardel, que es el inventor del tango; y ahora sobre Enrique Santos, reinventor del tango desde un lugar distinto al de Gardel, que inventó todo. En 1917 nace el primer tango-canción con Mi noche triste, cantado por Gardel con la “complicidad” de Pascual Contursi que le puso letra a la música que había compuesto Samuel Castriota con el nombre de Lita en 1916. Gardel le dio entidad social, narrativa  y dramática al tango. Sentó las  bases de cómo cantar una historia en el tango, y todavía hoy sigue siendo el mejor. En Mi noche triste, instala una historia y un desenlace, y hasta plantea un tema muy presente: la independencia de la mujer. Es ella la que abandona al hombre: “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida...”

Otra es la historia de Enrique.

Pertenecía a una familia de artistas. Su padre, inmigrante napolitano, era músico, y su hermano, Armando, con quien se crió, era autor y director de grandes obras de teatro. El padre murió cuando Enrique tenía cinco años, y la madre cuando él tenía nueve. Vivió en la casa de una tía casada con un hombre rico. Lo que sucedía en esos años, y le costaba soportar, es lo que su hermano refleja después en la obra de teatro Babilonia (grotesco criollo de 1925). Enrique prefería estar con los criados, todos inmigrantes.

Era primera generación argentina de su familia y sentía como pocos el dolor de los otros. Lo escribe  Homero Manzi en Discepolín, su tango-homenaje con música de Aníbal Troilo dedicado a Enrique: “Te duele como propia la cicatriz ajena...”  Y le dolía, por su compromiso poético, social y espiritual, porque se “desangraba” en la vida del otro.

¿Qué significa esta obra en su trayectoria?

Este es el gran proyecto de mi vida. Guardé la obra durante cinco años, esperando el momento justo para presentarla. Rubén Pires quería dirigirla desde hace tiempo, y hoy me siento acompañado por un equipo valioso. Nicolás Cucaro es el pibe que dialoga con Enrique; está también Eleonora Dafcik. Se ha hecho un buen trabajo en máscaras y objetos y en elaboración visual. Me inquietaba pensar en mi aspecto físico, en cómo quedaría mi máscara, y sobre todo la nariz de Enrique, porque era un sello en su delgado rostro, y tan particular que la menciona Manzi en su conmovedor Discepolín: “Conozco de tu amargo sufrimiento/ y comprendo lo que cuesta ser feliz:/ Y al son de cada tango te presiento/ con tu talento enorme y tu nariz/...”


¿Hubo cambios en esos cinco años de espera?

Se los debo al director Rubén Pires que hizo un gran trabajo de reinterpretación de lo que yo había escrito y utilizó máscaras. Una de éstas es la de Armando Discépolo, y su aparición coincide con la primera estrofa de uno de los tangos que Enrique dejó inconcluso, y dice: ...”Me pidió la escalera prestada/ pa' subir hasta donde llegó./ Cuando estuvo afirmado en el techo, /me dio una patada en la jeta, y rajó. “... De ese tango se ocuparon los hermanos Expósito, y lo dieron a conocer con el nombre de Un tal Caín. Homero se ocupó de la letra (en los registros figuran Enrique y Homero) y Virgilio de la música. Otro tango que dejó inconcluso, y utilizamos en el espectáculo, es Mensaje. Enrique había compuesto la música y después de su muerte Cátulo Castillo le puso letra  Cátulo era muy nigromante. Tenía en el pecho un medallón grabado con el día de su propia muerte, y murió en esa fecha. Cuando entregó la letra dijo que no era suya, que se la había dictado Enrique. 


Enrique (Enrique Santos Discépolo)
Comedia-Grotesco musical de Luis Longhi

Actores: Luis Longhi, Nicolás Cucaro y Eleonora Dafcik
Dirección, diseño de escenografía, vestuario e iluminación: Rubén Pires
Máscaras y objetos: Eleonora Dafcik
Realización de máscaras y maquillaje: Analía Arcas
Intérprete al piano: Luis Longhi
Entrenamiento de piano: Federico Mizrahi y Víctor Simón
Asistente de dirección: Alma Curci
Lugar: Teatro La Comedia, Rodríguez Peña 1062 CABA
Tel. (011) 4815-5665/ 4812-4228
Funciones: Los domingos a las 18 a partir del 08/04/2018
Duración: 60 minutos