jueves, 2 de agosto de 2018

HISTORIAS PARA NO OLVIDAR

Crónica en torno del desafío ético y artístico de Teatro Abierto 1981 en tiempo de dictadura.
Su gestación, el incendio del 6 de agosto para frustrar su avance y el empuje de sus hacedores.

"Decir sí", de G. Gambaro, con J. Petraglia (dir.) y L. Rey. 
La rebeldía del teatro argentino no nació con Teatro Abierto 1981, pero dada la singularidad e importancia  de ese movimiento en el contexto de la última dictadura militar argentina se convirtió en epopeya y bastión de resistencia creativa  para sus protagonistas: autores, directores, intérpretes, escenógrafos, músicos y técnicos. Este movimiento surgió en un principio del agravio a los autores que padecían la indiferencia y el menosprecio de sus obras. Sucedía en los teatros oficiales y en la Universidad, donde la cátedra de Teatro Argentino Contemporáneo había sido eliminada. Aquella unión de voluntades estuvo integrada por artistas que supieron manifestar su rechazo a la mordaza social a través de su trabajo personal y, a veces, conformando grupos. En realidad, siempre hubo quienes expresaran la realidad en el teatro argentino, a veces de modo directo o metafórico, y esto más allá de los conflictos que suele generar la pregunta de si el teatro debe o no retratar puntualmente su entorno. Entre las obras más cercanas al fenómeno T.A. 81 se recuerdan Visita (1975) y Marathon  (1980), de Ricardo Monti, o El señor Galíndez (1973) o Telarañas (1976), de Eduardo “Tato” Pavlovsky, que describieron con diferente mirada y estilo un clima de opresión; y en otro plano, Paco Urondo en Archivo general de Indias (1972) y Osvaldo Dragún en Historias con cárcel  (1972).

El mismo año en que comenzó a gestarse Teatro Abierto (a fines de 1980), los medios de comunicación masiva mantenían al día sus listas negras. Los prohibidos y sospechosos debían emigrar o escribir bajo otro nombre. La salida para los que no partían fue expresarse en conjunto. Se organizaron reuniones en la confitería de la Sociedad de Autores de la Argentina (Argentores), donde en noviembre de 1980, Dragún y sus colegas fundadores del movimiento aportaban ideas.  Entre muchos otros, Roberto Cossa, Carlos Somigliana, Elio Gallípoli, Carlos Gorostiza, Máximo Soto, Ricardo Monti, Oscar Viale y Jorge García Alonso. Griselda Gambaro había regresado de Barcelona y tenía una pieza breve, Decir sí, que fue aceptada.

Debían seleccionarse 21 obras de diferentes autores. En un primer momento sólo se contaba con cinco directores para el ciclo. Cuando se divulgó el proyecto se postularon treinta y seis. Después aparecieron músicos, escenógrafos y técnicos. En cuanto al dinero, hubo aportes varios, además del que provino de la venta de abonos. El libretista Abel Santa Cruz, entonces en la comisión de Argentores, entregó un cheque. El anuncio a la prensa lo hizo Dragún junto a otros pioneros, el 12 de mayo de 1981. En julio comenzó la venta de abonos y el 28 de ese mes tuvo lugar el acto inaugural con la lectura de un texto de Somigliana. El encargado de dar a conocer el manifiesto fue el actor Jorge Rivera López, entonces presidente de la Asociación Argentina de Actores.

Se inicaba así una etapa de reafirmación de la existencia del teatro argentino, del derecho a opinar sin ataduras y del propósito de mantenerse unidos a pesar de la diversidad de opiniones y caracteres.
Se decidió que las funciones comenzarían a las 18 para dar oportunidad a que los protagonistas del proyecto, que trabajaban gratuitamente, pudieran cumplir con sus otras tareas.

Las primeras muestras se iniciaron el 28 de julio y culminaron el 5 de agosto. El escenario era el Teatro del Picadero, donde se vieron Decir sí, de Gambaro; El que me toca es un chancho, de Alberto Drago, y El nuevo mundo, de Somigliana. Después, el desastre de la madrugada del 6 de agosto: un incendio intencional, nunca aclarado. Pero el hecho le dio un cariz más político a lo que hasta entonces era ante todo un acto de resistencia ético-cultural.

La opción era continuar. Frente al Picadero destruido se reunieron técnicos y artistas: Dragún, Cossa, Somigliana, Gorostiza, el actor Alberto Segado, los directores Antonio Mónaco, Omar Grasso y muchos más. Hubo asamblea en el salón de Argentores y una conferencia de prensa en el Teatro Lasalle. El ciclo debía continuar. Hubo adhesiones, entre otras del escritor Ernesto Sábato, de Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz; y de Jorge Luis Borges, a través de un telegrama. Los dueños de salas comerciales ofrecieron espacios. El mismo Dragún recordó en un artículo la buena predisposición de Alejandro Romay y Carlos A. Petit. Entre los ofertados se optó por el Tabarís, destinado por la noche al género revisteril. La etapa en la sala de la avenida Corrientes se inició el 18 de agosto y concluyó el 21 de setiembre. Las 20 obras ofrecidas (Antes de entrar dejen salir, de Oscar Viale, no pudo presentarse por complicaciones de orden técnico) fueron expresión de libertad, aun cuando no se refirieran de modo directo a la realidad política.

Era evidente que, mostradas en un contexto represivo, las obras adquirían un tono contestatario inusual. Con la sensibilidad a flor de piel, artistas y público se convirtieron en protagonistas de un fenómeno entonces único en su género. Las obras fueron compiladas y editadas en un libro que se vendió rápidamente. En aquella edición el orden en que se se encuentran las obras no guarda relación con sus fechas de estreno sino con el apellido de sus autores.

Teatro Abierto no terminó en el 81, como tampoco dejaron de crearse ni estrenar obras fuera del ciclo. Hubo progragamación para 1982, ofrecida en el desaparecido Odeón y el Margarita Xirgu, y una más para 1983, cuando se quemó un muñeco que simbolizaba la censura, en el parque Lezama. Pero el empuje del 81 se había debilitado. Restablecida la democracia, Teatro Abierto dejó de existir. Algunos de sus protagonistas, los autores Carlos Gorostiza y el actor Luis Brandoni, ocupaban importantes cargos en el gobierno radical. Si bien se iniciaron algunos intentos de reanimación en 1985, no se recuperó aquel apasionado entusiasmo colectivo. Por entonces se imponían otros modelos actuación y producción, y el teatro se enlazaba  a la realidad de manera más metafórica. Varias de las piezas presentadas en los tres primeros ciclos perduraron y se convirtieron en material de repertorio de grupos jóvenes, y de estudios, dentro y fuera de la Argentina.

Teatro Abierto fue una apuesta de la imaginación y una reafirmación de valores, como los de la libertad y la diversidad de opiniones y estéticas. Aquel celebrado intento de dar cuenta de su existencia y crear un canal de comunicación sigue vigente, más allá de si hoy les importa o no a los teatristas trascender su ámbito, “explosión” que si se logró temporadas atrás con el ciclo Teatro x la Identidad, al que apoyaron no pocos integrantes de Teatro Abierto. Acaso porque, como decía el pionero Dragún sobre el movimiento concretado en el 81, “el objetivo profundo fue volver a mirarnos a la cara, sin vergüenza”.

(Este escrito es síntesis de los varios artículos y testimonios que sobre el tema publiqué en la prensa gráfica.)

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