martes, 11 de septiembre de 2018

EN MEMORIA DE CARLOS GARAYCOCHEA: APRENDER CON UNA SONRISA

        (Entrevista publicada en el diario Página/12 el 13 de septiembre de 2011) 

La vida laboral de Carlos Garaycochea está en el dibujo humorístico, pero eso no lo privó de adueñarse de otros espacios. El público de teatro, los televidentes y radiooyentes saben de su destreza en el humor, el dibujo y la pintura. Es por su labor en radio que Argentores lo homenajeó, sin olvidar la totalidad de una trayectoria plena de significados, de amigos y colegas a los que este artista recuerda con especial cariño. Así lo hizo al recibirnos en su casa, donde atesora cuadros y esculturas de esos seres que sigue admirando y fueron y son parte de su historia personal.  El crítico Rafael Squirru ha escrito maravillas en un texto sobre sus obras calificadas de abstractas; un mundo de células en movimiento entre pinceladas que corren como ríos. El encuentro con Garaycochea se convierte en una visita guiada por sus obras y la de esos queridos que no olvida. Generoso, describe los originales en detalle y el catálogo en el que se han impreso algunos de sus trabajos en acrílico sobre hardboard, tela, cartón, fibrofácil y papel de diario. En su taller, materiales como los tubos de cartón del papel higiénico o el papel de cocina se transforman. Y no bromea cuando dice con humildad -como si el arte fuera el oficio de todos- que “la magia de la creatividad transforma en permanente un objeto que hubiera sido desechado”.

“La letra queda como una pintura más”, sostiene ante los universos que ha creado sobre diarios, dominados, al igual que los otros materiales, por un equilibrio que se reconoce interior y exterior: “Imaginemos qué sucedería si no existiera el equilibrio”, apunta, mientras selecciona dos ejemplares de Catalina (Ediciones Comix) que entrega a la fotógrafa y a esta cronista. En la tapa, Catalina lee complacida un texto cuyo título es una guía: Cómo ser feliz sin sufrir demasiado.  “Ella es una mujer independiente, de esta época, que en lugar de tener en su casa un perro o un gato cuida a un pececito que llama Moby Dick para darle importancia”, ilustra Garaycochea. El de Argentores no fue el único reconocimiento. Sus ex alumnos planeaban otro. “El día que nos reunimos para organizarnos me creí Brad Pitt, por los aplausos. El tema era armar una clase como la de veinte años atrás. A veces, uno recoge lo que sembró.”

-¿Por qué prendió tanto el dibujo humorístico?

Tuvimos buenos maestros, algunos inmigrantes o hijos de inmigrantes. Y seguimos teniendo artistas excelentes, como Oscar Grillo, que estuvo conmigo en la Escuela Panamericana de Arte y en algunas revistas. Se radicó en Londres. Acá hay muy buenos ilustradores, pero no son promocionados. Egresé de la Escuela Nacional de Bellas Artes  en 1949 y tuve como compañeros a Antonio Pujía, Norberto Filevich, que tenía algo de un Woody Allen. Murió muy joven, un grabador fenomenal. También Elio Gagliardi y Aldo Severi. Entre mis profesores estaban Alejandro Sirio y Eugenio Daneri. Todos tenemos en nuestras casas un rincón donde nos sentimos mejor que en cualquier otro. En un rincón ideal no debiera faltar un sillón inglés, un perro peludo para acariciar, un libro de Charles Dickens, Oliver Twist,  por ejemplo, y un cuadro de Daneri.

-Fue una época fecunda...

Aprendíamos de esos profesores, y a veces mucho más de los alumnos, por su interés y ambiciones artísticas. Treinta años después de haberme recibido en Bellas Artes (en Las Heras y Callao), entré allí como profesor y vi que estaban los mismos yesos de mi época de estudiante. A una escultura le faltaba la nariz, a otra una oreja. Pensé y lo dije, ¿por qué no hacer una réplica, por lo menos para que se las vea enteras? Mi propuesta parecía la de un revolucionario. Me hicieron la guerra porque llevé dos o tres ideas que tenían lógica. Al final, me fui. Al año siguiente, me ofrecieron un cargo de profesor y contesté que no quería estar en un lugar donde para lograr algo debía pelearme.

-¿Pelea seguido?

No. Si tengo que pelear con un tipo no cuento hasta diez ni hasta cien, sino mucho más, pero si llego hasta mi límite y estoy seguro de lo que digo y tengo que matar, mato. Además, ya tenía mi escuela, donde trato con profesores que son mis amigos. No tomo cargos para hacer guita. Siempre quise aprender, y sigo aprendiendo. Hay que tratar, eso sí, que a uno lo respeten. Me molesta que la TV -un medio tan importante para difundir las artes plásticas, la literatura y todo lo que nos enriquece- sea lo que es. Ni yo ni mi mujer, María Marchi, que es actriz e investigadora especialista en Anton Chéjov, somos figura en ningún medio, tampoco en un diario. ¿Será porque no escandalizamos? José Marchi, hermano de María, es profesor en mi escuela y uno de los cinco mejores pintores que tiene el país. Expuso con Carlos Alonso, trabajó con Gutiérrez Zaldívar... Ser actriz o actor tiene una ventaja, porque al terminar una función, cuando dan todo en el escenario, sienten que el púbico los ama. En el teatro, lo mío es medio raro, porque yo enfrento al público como si hablara con uno solo. Voy a divertirme y no sufro pánico escénico.

-¿Es una forma de crear complicidad?  En Humorcochea, proponía que el espectador rescatara algo de sí dibujándose, y para eso entregaba un bolígrafo y una hoja en blanco, donde debía copiar lo que usted dibujaba sobre un tablero.

Estar al frente de una clase facilita el contacto y la complicidad. En la Escuela doy clases de tres horas. En las dos primeras digo que haremos y oriento, y en la tercera nos ponemos a trabajar. Es un ejercicio de buen humor. En otras, pido que cada uno lea su respuesta a un planteo previo y recién después leo la mía, que por supuesto tiene que ser la más graciosa. Corro el riesgo de que otro me gane, ¡pero nos llevamos bien! La mejor manera de aprender es con una sonrisa, sabiendo que uno es un ignorólogo. Esto que parece una broma es algo serio. Son más las cosas que ignoro que las que sé, así como sé que no podemos modificar algunas cosas desagradables.

-¿Se desalienta?

No, porque tengo salidas. Escucho música clásica, invento y descubro. Ese tiempo que dedico a lo que me gusta es mío, y no lo cambio. Esta es una época en que la tecnología avanza rápido y todos podríamos ver maravillas, pero en general estamos recibiendo lo peor.  También en el trabajo, porque en muchas actividades se pone en primer lugar al amigo, el cuñado o el vecino, y no se toma en cuenta la calidad.
En el diario Crítica tuve compañeros de gran nivel. Jorge D' Urbano, crítico musical, un genio, me regaló una grabación extraordinaria de Las estaciones, de Glazunov. No olvidé nunca aquel gesto. Yo me había comprado un Winco y él prometió regalarme el primer disco. En Crítica alcancé a ver a uno de los más grandes dibujantes: Pascual Güida.  Alberto Breccia  me había dicho “tenés al lado a Güida, miralo bien porque es un maestro”. Crítica era un diario que andaba a los tumbos. No se sabía de quién era ni yo estaba en política. Pero me dije que en algún momento cerrraba. Empecé a llevarme los papeles a casa. Un día fui al archivo y saqué 40 dibujos míos. Pensé: si me pagan devuelvo los dibujos, y si no me pagan ya los cobré. Hice bien, porque cerraron el diario.   

-¿Y qué pasó?

Me sirven para las clases. Si no los sacaba se lo hubieran comido las ratas. Hoy los ven mis alumnos y podemos estudiar con ese material.

-¿Era un problema preservar los originales?

Sí. hoy quedan en la computadora. En eso tengo una pelea con los más pibes, porque usan la computadora para pintar. Pero todavía quedan dibujantes artesanos, como Mordillo, Caloi y yo mismo, que necesito de los dedos para trabajar. No me molesta que los colores me queden en las uñas. El exceso de técnica conspira contra la calidad e intensidad de la obra.

-¿Qué proyecta por afuera del dibujo?

Tengo cuatro o cinco ideas que creo divertidas. Una es un espectáculo para mi mujer y Edda Díaz. Y tengo más propuestas, pero ahora viajo a Bahía Blanca a presentar un libro sobre humor vasco, tengo cuarenta dibujos sobre humor vasco, y me queda escribir un cuento, de media página, sobre algún gran papelón que haya hecho en mi vida.

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