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miércoles, 3 de mayo de 2017

VIDAS QUE TEJEN HISTORIAS

Ana Padovani
La pasión y la actitud detectivesca de la narradora oral Ana Padovani, actriz, psicóloga, música y autora de textos sobre el saber narrativo,  convergen en  Horacio Quiroga, selva, ficción y tragedia, biorrelato de su creación que se ofrece en el Teatro  Celcit,  Moreno 431, el sábado  6 de mayo.  

¿Cómo llevar a escena la vida y obra de un autor inasible? Un sendero es el trazado por la narradora oral Ana Padovani  al recuperar cartas e incorporar relatos significativos del escritor y poeta uruguayo Horacio Quiroga (Horacio Silvestre Quiroga Forteza), quien mantuvo esclarecedora correspondencia con destacados intelectuales y artistas de su época. Materiales que conforman - como dice la narradora en esta entrevista- “un rompecabezas complicadísimo, porque, por un lado está la información y por otro, la intención de no perder de vista las motivaciones, las circunstancias de la vida personal  y los hechos sociales del país y del mundo”.   

Este autor de relatos con desenlace imprevisible nació en Salto (Uruguay), en 1878; peregrinó entre su país natal y la Argentina a partir de 1902 y falleció en Buenos Aires, en el Hospital de Clínicas, donde, enfermo de cáncer, se suicida con cianuro en 1937. La historia cuenta que tomó esa decisión en presencia de Vicente Batistessa, enfermo con deformidades, que había sido trasladado a la habitación de Quiroga a pedido el escritor, al enterarse que el hombre permanecía aislado en el subsuelo del edificio. 

Sus cuentos despiertan sensación de agonía cuando plantean situaciones inmersas en un entorno caótico. Sucede en Cuentos de amor de locura y de muerte (sic), de 1917; Anaconda y otros cuentos; y la colección Los desterrados. Ha escrito una pieza teatral, Las sacrificadas, de 1920; y relatos “novelados”, Los perseguidos, de 1905. También para niños, como los incluidos en Cuentos de la selva, de 1918, ideados para sus hijos. Fue  crítico de cine y colaborador en medios gráficos, entre otros, las revistas Atlántida y El Hogar; y el diario La Nación.

Fundador de la Agrupación Anaconda, que convocaba a intelectuales de Uruguay y Argentina, desarrolló intensa actividad en los dos países e intentó dar curso a nuevas formas de expresión.  Lo atrajo el modernismo del poeta nicaragüense Rubén Darío;  fraternizó y polemizó con intelectuales, entre éstos el poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig, modernista de opiniones punzantes, no reconocido entonces en todo su valor artístico. 

Padovani  destaca en esta nota la amistad de Quiroga con el escritor e historiador Ezequiel Martínez Estrada y el poeta Leopoldo Lugones, a quien Quiroga dedica su libro de poemas Los arrecifes de coral, de 1901: “Lugones era una especie de padre para él –subraya-. Lo impresiona el escritor y poeta Edgar Allan Poe (su influencia es evidente en los relatos de El crimen del otro, de 1904), y figuras de la época, como la poeta Alfonsina Storni, el pintor  Benito Quinquela Martín y otros artistas e intelectuales que vivían plenamente ese tiempo y compartían sus aspiraciones”. 

--¿Aun con sus diferencias?
--Era otra época. En la Buenos Aires de las décadas de 1920 y 1930, los escritores, poetas y pintores acostumbraban reunirse en cafés que hoy son historia. Había líderes entre ellos, como Lugones  y el narrador y poeta Manuel  Gálvez que tenía una postura más tradicionalista y católica. Es importante que se tenga memoria de estos personajes para entender por dónde iban las aspiraciones culturales.  Soy de las que buscan rescatar. Mi padre era restaurador, y tal vez mi interés viene de ahí.  Mi propósito es “restaurar  presencias”, tanto en este biorrelato sobre Quiroga como en los otros biorrelatos del Ciclo que presenté en el Celcit (los dedicados a Roberto Arlt, Alfonsina Storni, Niní Marshall y Silvina y Victoria Ocampo. Impedir que estas presencias no se pierdan es un poco el  trabajo del narrador.  Tarea que enriquece, porque permite descubrir cruzamientos entre distintas vidas. Una anécdota que se cuenta es la relación de amistad entre Quiroga y Alfonsina Storni y la propuesta de Quiroga de irse con él a la selva. Alfonsina consulta entonces a Quinquela  Martín, también amigo de Quiroga. La respuesta del pintor fue tajante:  “Con ese loco, no”.     

--¿La psicología incide en su narración?
--En toda historia hay motivaciones. Influye en la búsqueda de causalidades e influencias. Una búsqueda donde una no puede hacer una lectura rápida ni psicoanalítica, pero sí conocer y entender cómo se imbrican hechos y circunstancias. Esto despierta mi interés sobre los líderes de las reuniones en espacios comunes o en los cafés, como el poeta (y médico rural) Baldomero Fernández Moreno y el escritor y periodista Alberto Gerchunoff que definían sus posturas ideológicas y culturales. 

--¿Mantuvo su profesión como psicóloga?
--Trabajé en lo que se llamaría prevención primaria en los bebés institucionalizados. Los bebés que están en una institución porque la mamá trabaja. Investigué sobre el vínculo entre el bebé, la madre y la sustituta; sobre el rol materno cuando es ejercido por dos personas y de qué manera influyen en el bebé las alianzas, los acuerdos y las competencias que esa situación genera. Tiempo después, quise saber qué había pasado con los jóvenes que atravesaron esa etapa triangular siendo bebés. Esa era mi tesis para el doctorado, pero mi vida había cambiado, y supe que mi deseo era narrar.  

--¿Qué le genera comunicar desde la escena?
--El escenario  es  “mi momento de vida”, mi lugar en el mundo.  El primer día que subí a un  escenario, sentí un olor que me recordó otro de la infancia. Mi padre era escenógrafo y siendo muy niña me llevaba a los ensayos. Yo compartía lo que sucedía desde atrás de la escena. Creo que por eso, cuando subí al escenario, sentí  esa familiaridad y me dije “esta es mi casa”.

--O sea que el “miedo escénico” no entra en su historia…
--Eso me sorprende. En el escenario no tengo inhibiciones y fuera de escena soy tímida, tanto que en una conferencia  no me atrevo a preguntar a quien está dando la charla.  En el escenario no siento esa exposición. Sé que tengo algo para hacer  y que me encuentro con mi propia voz. Otra experiencia muy fuerte en mí es instalarme en los personajes de Niní Marshall.

--Personajes centrales en otros espectáculos suyos…
--Y en encuentros…  Cuando me invitan a participar en un acto, o cuando necesito hallar salida a una situación que se plantea difícil, saco a relucir a Catita. Este personaje me ha salvado muchas veces. Recuerdo mi participación en un homenaje a María Elena Walsh. ¿Cómo expresarle agradecimiento? Y pensé en Catita. Quién sino ella se iba a animar a hablarle. Fabriqué una corona de laureles, de los que se usan en la cocina, y cuando llegó el momento,  asumí el personaje. Entonces fue Catita la que se acercó a María Elena, y dijo:  “Nada más que los laureles pa’ usté  que no le van a servir ni pa’  el tuco de los ravioles del domingo”. Y Catita le puso la corona. Recuerdo la emoción y la alegría de María Elena. Esto fue en una edición de La Feria del libro. Me dedicó un ejemplar.  Decía de mí “loca intérprete, gran artista…” Cuando yo pasaba la gorra al final de mis espectáculos  sabía que la única que podía hacerlo era la Catita de Marshall. Su discurso me fluye: sé qué diría ella ante cualquier situación. Le encuentro la voz, el tono…, y se  lo agradezco infinitamente a Niní, porque ella fue la creadora.

--¿Qué le provocan textos como El almohadón de plumas, de Quiroga?
--En ese relato que fue publicado por la revista Caras y Caretas (en 1905) hay una amenaza latente, y un pensamiento que puede estar en el imaginario de muchos. Quién no se preguntaría qué  contiene ese almohadón, además de plumas. Esas  plumas  han sido arrancadas a un animal que tuvo vida...  En ese relato descubrimos una fantasía universal.  En Quiroga hay varios datos significativos, y quiero agregar uno nada común en su época y en nuestro medio. Ese dato es su propósito de vivir de la literatura. No regalar el trabajo del escritor. Pudo viajar a París -una ciudad muy atractiva para los jóvenes de su tiempo-  porque recibió una herencia de su padrastro, que se suicidó. Estuvo unos meses y regresó frustrado. Fue un episodio juvenil que de todos modos lo marcó, como lo marcaron los hechos trágicos de su entorno familiar y de sus amigos: muertes accidentales, suicidios, enfermedades... Se sentía hombre de campo y eso lo llevó a Misiones y a la selva, que lo atraía, y más, después de compartir un viaje con Lugones. Era buen fotógrafo y se ocupó de tomar imágenes del viaje a las misiones jesuíticas no exploradas. Fue en 1903 y con dinero del Ministerio de Educación. Era hábil en muchos oficios, y padeció muchas tragedias. Terminó su vida en Buenos Aires. Lo habían desahuciado. Tomó cianuro. No soportaba más los dolores.


--Sin duda esta es la historia más cruda de los Biorrelatos…
--Una historia que me lleva a otros temas, a ocuparme del futuro.  Hace tiempo que siento el impulso de retomar textos para los chicos. Contarles a ellos, salir de la dura realidad y entrar en el mundo de la fantasía. Esto no significa  escapar del presente sino ir a la búsqueda de la imaginación creadora. Es lo que de algún modo se intenta con los chicos. Jugar y jugar… Invitarlos a jugar. Alentar esa extraordinaria capacidad.  Sigo en contacto con ellos a través de la coordinación del espacio Narración de Cuentos de la Feria del Libro, y del proyecto  Los chicos cuentan a los chicos, pero también quisiera presentar un espectáculo.   

--¿Logra entusiasmar a los maestros?
--Ese es mi deseo.  He organizado cursos gratuitos de capacitación, y algunos están trabajando. Mi intención es que se entusiasmen con las historias, las cuenten a los chicos y éstos puedan contarlas a otros sin sentirse obligados.  Es importante que los chicos aprendan a expresar aquello que imaginan a partir de las narraciones, y es hermoso ver las caritas que ponen cuando son ellos los que cuentan.  


Horacio Quiroga, selva, ficción y tragedia
Idea, texto e interpretación: Ana Padovani
Teatro Celcit, Moreno 431 CABA Tel.  4342-1026
Función: sábado 6 de mayo a las 21.
correo@celcit.org.ar

www.celcit.org.ar

martes, 16 de agosto de 2016

ATRAPADOS EN LA NARRACIÓN ORAL

La actriz, narradora y psicóloga Ana Padovani no abandona sus Biorrelatos y promete nuevas entregas a lo ya estrenado en el Celcit. Su apuesta es relacionar de manera significativa vida y obra del uruguayo Horacio Quiroga y trazar un paralelo entre las hermanas Victoria y Silvina Ocampo.  

Ana Padovani


El giro fantasioso que toman los personajes de Roberto Arlt, el escepticismo rebelde y el humor incisivo que se desprende de los textos y piezas teatrales de este autor y periodista despierta  admiración en Ana Padovani, artista de sólida formación, con importante trayectoria en la narración oral, a la que aporta teatralidad e interpretación musical. Autora de textos teóricos, ha participado en festivales y encuentros literarios internacionales, y ofrecido sus trabajos tanto en escenarios como en escuelas y hospitales. De su admiración hacia Arlt  (1900-1942), hacia la escritora y poeta Alfonsina Storni (1892-1938) y la actriz y humorista Niní Marshall (1903-1996) han nacido los Biorrelatos presentados recientemente en el  Ciclo programado por el Celcit. La idea de enlazar momentos únicos de la vida de estos creadores no acaba en ellos, pues Padovani proyecta futuras puestas en torno a la figura del cuentista y poeta uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937); la narradora y poeta Silvina Ocampo (1903-1994) y la escritora, traductora y editora Victoria Ocampo (1891-1979). Trabajos con título y formato que  adelanta en esta nota, sumando apuntes sobre los Biorrelatos anteriores: “Arlt es fundamentalmente conocido por sus aguafuertes, lo mismo que Alfonsina por su poesía y Niní por su humor, pero en mis investigaciones hallé matices que creo es importante valorizar, entrecruzando vida y obra”.

--Y sin perder de vista la época…

--Por supuesto, los aguafuertes de Arlt son pinceladas de vida, y su teatro, de una intensidad abrumadora. Busca el contacto con su tiempo, como en Trescientos millones y la escena del  encuentro de La Muerte con la sirvienta. Una escena de gran belleza y poesía.  

--Que estremece por los anhelos no cumplidos de la sirvienta, y porque da cuenta del cinismo del entorno social.

--Una escena sólo posible en un autor que tuvo una vida personal tortuosa y fue muy marcado por el padre. Marcas que fueron explosionando en sus obras. Aquella era una época de vínculos y relaciones a veces primarios entre las personas y entre la ciudad y extramuros. Esto lo advertí incluso en los diarios de entonces; en el papel que se utilizaba, en el color, la propaganda… Investigar en todo ese material, como lo hice, ayuda a situarse en su tiempo.  

--¿Ese “estar en su tiempo” es afín a Alfonsina?

--Ahora que las mujeres hablan tanto de feminismo es importante señalar la postura de Alfonsina, tan genuina y noble. En ella es una actitud auténtica y consecuente, libre de la fachada mediática de este tiempo.  Defendió su embarazo, crió a su hijo Alejandro y demostró ser valiente ante los prejuicios de su familia y de la sociedad.  Tuvo claro lo que quiso, sobrevivió a sus vicisitudes y se enfrentó a la muerte, tan trágica y revestida de un halo poético que perdura, porque había poesía en su vida. Cuando supo que tenía un cáncer de mama terminal, organizó su vida y su muerte en función del tiempo que le quedaba. Se despidió de todo y de todos. No quiso padecer el desgaste final. Sentía que sólo la conduciría al sufrimiento. Aquella visión romántica de la poeta que se interna en el mar por amores frustrados es una fantasía. Se sabe porque dejó cartas. Se arrojó al mar desde una escollera. Un final muy pensado y muy rápido. Descubrí  a Alfonsina en estas verdades y en sus poemas, sus obras de teatro y sus cuentos, publicados en el diario La Nación, y menos en La Prensa. Estos creadores nos piden hablar de ellos, como nos lo pide Niní y sus personajes.

--¿Qué le atrajo de Horacio Quiroga y de las hermanas Ocampo?  

--La vida de Quiroga está marcada de modo llamativo por la tragedia. Era muy amigo de Alfonsina, y lo deprimió enterarse de su muerte. Le había propuesto que se fuera con él a la selva. Pero ella no quiso. No eran pareja, no había una relación amorosa,  pero sí de fuerte amistad. Se los ha estudiado por separado sin advertir que estaban realmente unidos. La historia de vida de las Ocampo me apasionó. Trabajé el Biorrelato (Las Ocampo, dos hermanas, dos destinos) mostrándolas en  caminos opuestos, tanto en la producción de obras como en la vida. Me pregunté de dónde venía esa diferencia… El padre había puesto una carga excesiva en Victoria. Era la mayor de las hermanas y concentraba todas las expectativas. Silvina, la menor, se había salvado de esa carga, y no era presionada.  Victoria tenía una vida aparte, y por sus cartas sabemos que tuvo historias de amor increíbles. 

--¿Qué lugar ocupa hoy la narración oral?

--Es diferente en cada país y lugar, pero sigue creciendo. No es lo mismo en Cuba que en Estados Unidos, donde la inmigración es fuerte. El narrador oral trabaja tanto en escenarios como en lugares abiertos. No hay fronteras para el arte.  En Buenos Aires la tendencia es centrarse en el aspecto literario y teatral, lo que no impide trabajar junto a otros que prefieren los relatos tradicionales. A través del British Council, participé en Londres de un espectáculo bilingüe, junto a Jan Blake, inglesa de origen jamaiquino.  Ella relató cuentos de tradición oral del Caribe y yo literarios. Después,  estrenamos en Rosario, La Plata y Buenos Aires, en el Malba (Museo de Arte Latinoamericano).

--¿La tendencia a lo literario supone olvidar los relatos tradicionales?

--No en mi caso, porque el origen está en los cuentos de transmisión oral. El pasaje de la literatura a la oralidad merece un trabajo tan delicado y complejo como el que realiza un buen traductor y no el de quien se acerca salvajemente a la literatura. En los encuentros y en mis participaciones en las ferias de libros insisto en esto. El lenguaje merece respeto, y no convertir un texto literario en una simple exhibición o en un show. Pasa, a veces, cuando la oralidad es considerada de simple factura. Algunos, incluso, se apropian del cuento sin especificar la fuente. El que escucha no sabrá nunca dónde está la riqueza original del  relato.  

--¿Qué particularidades ha observado en la narración oral?

--Por mis contactos en Francia -donde hice talleres en París- y en España, donde trabajé, he observado que los cambios más visibles se produjeron en París y Londres en la década del ’80 con el ingreso de las narraciones africanas y árabes. ¡Maravillosas! Sin duda, la inmigración hizo su aporte. La idea de llevar la narración oral a la escena surgió cuando los africanos dieron a conocer su tradición a Europa.  Esos narradores consiguieron trabajo, entraron en el circuito de la cultura, y los ingleses y franceses recrearon sus propios espectáculos. Los españoles, a pesar de su tradición, trabajan más con los textos literarios. Los colombianos y cubanos poseen una rica tradición; y Uruguay ocupa un lugar interesante. Estuve en Paysandú y en Montevideo, donde hay una movida, con talleres y escuelas que participan de la Red Internacional de Cuentacuentos.    

--¿Cuál es la situación en la Argentina y de dónde proviene la discutida figura del gaucho exagerado?   

--Tenemos nuestros relatos sobre leyendas indígenas, y otros con influencia española, publicados en colecciones y en textos de investigación, pero al no tener una tradición tan rica los narradores nos inclinamos por la literatura. El exagerado y mentiroso son figuras de la picaresca española y de la Commedia dell’Arte. En nuestra narrativa, un personaje del litoral con esas características es Paí Luchí, sobre el que escribió la poeta y docente Laura Devetach. El pícaro Pedro Urdemales (que en América Latina toma distintos nombres) viene de la tradición española. Miguel de Cervantes lo transforma en personaje en una de sus comedias.   

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