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jueves, 6 de febrero de 2020

VARIACIONES SOBRE CHÉJOV. Olga/Masha/Irina de José Sanchís Sinisterra


Acaso la “verdadera vida” sea regresar a Moscú donde se criaron. Ha muerto el padre y la casona rural se les antoja un abismo, pero han pasado años y ya no son las muchachas que fueron, las que deseaban amar y ser amadas. En Olga/Masha/Irina. Variaciones sobre Chéjov, el dramaturgo, director, maestro y fundador de teatros valenciano José Sanchís Sinisterra, las recupera en el después. De este autor se recuerda, entre otras valiosas obras escenificadas en Buenos Aires, Terror y miseria en el Primer Franquismo (Celcit) y El cerco de Leningrado (Andamio 90). En su versión,   las protagonistas del título juegan por momentos a ser jóvenes, y en ese desplazamiento hacia el tiempo ido fabulan una vida activa y libre, atrapan risueñas situaciones del pasado y se incentivan rescatando anteriores y nuevos sueños. Sus nombres y sus vidas conforman el núcleo de Las Tres Hermanas, obra estrenada originalmente en 1901 en el Teatro de Arte de Moscú. Su creador, Anton Chéjov, nacido en 1860 en Taganrog, Rusia, y fallecido en 1904 en Badweiler-Alemania enfermo de tuberculosis, fue médico rural comprometido con la salud y educación de los campesinos, implacable ante la injusticia, creador tenaz y de generosos gestos. Supo renunciar a su lugar en la Academia de Bellas Artes de Moscú en protesta por la exclusión del escritor y político ruso Máximo Gorki (1868-1936), autor de un bello texto tras la muerte de su amigo y maestro literario. Un Chéjov volcado al humor, sobre todo en sus cuentos, y un ser atento a las cicatrices que dejan los años perdidos. Señales que en algunas de sus obras enlaza con los misteriosos sonidos de la naturaleza, como en El jardín de los cerezos.

Con dirección de Alejandro Giles, también actor y maestro de teatro, la obra viene ofreciéndose en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960, CABA) con un elenco de importante trayectoria. Participan las actrices Livia Fernán, en el rol de Masha, Emma Rivera (Olga) y Ana María Castel (Irina). Ellas son las que aciertan en este “juego teatral” que inician a modo de planteo sobre qué hacer, para luego apropiarse con soltura de sus personajes. Individualidades convencidas de que las ilusiones tienen poca cabida en el espacio rural que habitan. Es así que, en el intento por estimular el presente y la memoria, descubren que no les han crecido alas o no intentaron alzar vuelo. A pesar de ello escapan de la queja, intentan hallar secuencias felices y logran entablar un diálogo ocurrente e irónico.

Las fantasías en relación a lo propio y a los personajes recordados por las hermanas adquieren especial significado en los años que preceden al fin del zarismo, no inmediato entonces, pero en ciernes, como lo demostrará la historia: los levantamientos contra el zarismo de febrero de 1917 y la toma del poder bolchevique en octubre de ese año. Tiempo revuelto no señalado en la obra como sí lo es el pasaje al presente de temas y reflexiones siempre vigentes dichas a los espectadores con especial énfasis por las actrices: “por qué (o tal vez para qué) vivimos” y “por qué sufrimos”.



Olga/Masha/Irina
Variaciones sobre Chéjov
de José, Sanchís Sinisterra

Intérpretes: Ana María Castel, Livia Fernán y Emma Rivera.
Dirección: Alejandro Giles
Asistencia de dirección: Damián Guzmán, Edgardo Fernández
Fotografía: Martín Siccardi
Diseño especial, estético e iluminación: Alejandro Giles
Prensa: Silvina Pizarro.
Teatro: El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960 CABA
Funciones: Domingos a las 20

Reservas: 48620655

jueves, 12 de octubre de 2017

POR UNA GRAMÁTICA DE LA FANTASÍA

"La musa y el poeta”, de Eduardo Rovner

Alterar una situación cotidiana para dar curso a la fantasía, con un toque irónico y a veces cruel, es una elección que abarca casi a la totalidad de los textos de Eduardo Rovner, autor de numerosas obras y últimamente premiado por la Universidad de Palermo y distinguido por la Legislatura porteña como Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires. Ingeniero electrónico (UBA), egresado de la Escuela de Psicología de Enrique Pichon-Rivière, docente y músico (intérprete de violín) con estudios en el Conservatorio Municipal Manuel de Falla, advierte sobre lo que considera carencias en las obras que suben a escena. Inquietud que retoma en esta entrevista, realizada en su casa del barrio de Palermo, poblada de libros, compactos y cuadros que resguardan pinturas y fotografías. Uno de esos cuadros recupera la imagen del maestro Pichon-Rivière, quien lo asesoró en Una pareja, obra de 1976 que estrenó en el Teatro Payró;  y, entre otros, el que muestra a los actores  José María Gutiérrez y Julio Chávez interactuando en una escena de Último premio (1981), ofrecida también en el Payró, con escenografía de su admirado amigo Antonio Berni, inolvidable creador de Juanito Laguna y de tantos otros personajes plasmados en óleos y collages.

Rovner señala la escasez de metáforas potentes, lo que no le impide mostrar entusiasmo al referirse a su próximo estreno: La musa y el poeta, obra de títeres para adultos inspirada en los cuentos del escritor, músico y pintor E.T.A. Hoffmann (nacido en Königsberg en 1776, entonces Prusia Oriental); y en la ópera del compositor y violonchelista alemán Jacques Offenbach (1819-1880), donde Hoffmann es personaje. Una puesta que dirige la titiritera y actriz Adelaida Mangani, y que, a pesar de estar incluida en la programación de este año del Complejo Teatral San Martín, pasará al próximo. Según Rovner, porque la obra irá al Teatro Regio, donde se viene ofreciendo con éxito El avaro, de Molière, espectáculo al que se decidió no bajar de la cartelera.


El tema del “discurso vacío” lo lleva a trazar un paralelo con algunos de los conceptos vertidos en el libro La era del vacío, por el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky. “El discurso vacío es habitual en nuestro país -advierte Rovner-. El narcisismo es necesario en el que debe exponerse, como en el teatro, pero  ese narcisismo debiera expresarse a través de la obra de arte y no de la persona. Sin embargo, lo importante no es hoy la obra de arte sino el narcisismo personal. Son mayoría los que suben a un escenario para mostrarse... ¿Y qué dicen? Nada. No es necesario que haya un mensaje claro, pero sí  planteos, preguntas... Y cuando los hay, lo que se ve es que al supuesto receptor no le importa. Me resisto a que el teatro deje de ser, además de un fenómeno estético, un testimonio del mundo en que vivimos.”

¿A qué se debe ese desapego por el testimonio?

El pragmatismo, la búsqueda de la utilidad dejó atrás otros valores. Insisto en la circulación de ideas potentes. Cuando lo primero es “mostrarse” surgen espectáculos  hechos especialmente para tribus o grupos que se sabe lo irán a ver. Es probable que haya surgido de un fenómeno cultural más amplio, pero nuestra escena lo está representando. Parece que no importara la crítica sobre lo institucionalizado. Y no me estoy refiriendo a declaraciones supuestamente rebeldes. En lo que se ofrece puede que haya obras exitosas, y hasta con un buen trabajo, pero son “nada”. Estoy convencido de que esta carencia es una reacción frente a una generación que quería decir algo, como fue en su momento Teatro Abierto, que sin duda pisó fuerte. Es como si hoy nos dijeran que a diferencia de aquellos que quisieron decir mucho, ellos decidieron decir “nada”.

Son etapas. Tal vez un experimento. Lo que siga dependerá de la aptitud de cada uno...

Es la dialéctica, ¿no? Tesis, antitesis... Puede que estén tratando de ver qué pueden decir ellos.

¿Influye en ese “vacío” tomar conciencia de que son otros los que deciden?
           
Cuando sabemos qué hacen y dicen los que tienen poder, o nos enteramos que por sus ambiciones peligra el mundo, es probable que nos preguntemos qué valor tienen nuestros conflictos y nuestras penas. Porque pequeños fuimos siempre. Recuerdo que mientras participaba en una manifestación supe que Nikita Kruschev y John Kennedy se habían reunido por el tema de los misiles en Cuba. Aquella situación fue para mí semejante a  esos momentos ilusorios de la vida en los que uno piensa que tiene poder de lucha sin reparar que los poderosos son los que negocian qué hacer con nosotros y con un país.   

Una realidad que no destruye la voluntad de hacer...    

¿Y qué otra cosa nos queda? Seguimos con nuestras ideas, nuestro trabajo, nuestros afectos... Yo sigo escribiendo: tengo cinco obras en carpeta, y reconozco que el teatro argentino tiene valores, pero no puedo ignorar que la mayoría de las obras que se muestran son pobres. Lo experimenté también en la docencia, siendo titular de dos cátedras en la Escuela Nacional de Arte Dramático, que obtuve por concurso. Una materia era sobre dramaturgia y otra sobre el proceso creador. Después de modificar varias veces los programas, las autoridades concluyeron que Dramaturgia no era importante para la Escuela. Y no era por la paga, porque mi sueldo era de 100 pesos y mi trabajo, por amor al arte. Porque mi idea ha sido siempre devolver aquello que recibí de las  instituciones públicas en las que estudié.      

¿No insistió?

Me fui, porque me sentí maltratado. Pasé por estudios rigurosos, con buenos profesores, y no entendía a esos alumnos que entraban hasta una hora después de iniciada la clase, porque -decían- se les había hecho tarde; o se negaban a corregir sus errores,  porque, según ellos, el texto “perdía frescura”. No se puede desconocer que tenemos un altísimo porcentaje de gente que no sabe escribir, aunque admito que hay algunos buenos. En teatro me interesa el trabajo de Claudio Tolcachir, por ejemplo; y pienso que Javier Daulte es un excelente autor y director.

¿Por dónde va su versión de los cuentos de E.T.A. Hoffmann?

Cuando repasé el texto de Hoffmann y busqué inspiración en la ópera de Offenbach, advertí que el conflicto principal era Hoffmann y las mujeres de las que se enamora. Hay un personaje pequeño al comienzo de la obra, la Musa, enamorada del escritor, a la que él no puede aceptar porque no es corpórea. Esa situación se mantiene hasta que la acepta, convencido de que lo ama y nunca lo abandonó. Me interesó eso de enamorarse de la inspiración, y Adelaida estuvo de acuerdo. 

En otra época se decía que la mujer amada era la musa...

Y era así porque despertaba metáforas. En esta versión hay tres historias donde la fantasía y el misterio son protagonistas. Hoffmann, el autor,  es real y la Musa una fantasía. Este planteo está en mis obras; en Volvió una noche, por ejemplo, donde  una madre muerta sigue vigilando a su hijo... Aquella fue una de mis obras más estrenada en Praga y en otras ciudades checas.  Y en Montevideo, donde también se dio Cuarteto. Sergio Renán había hecho la primera puesta con el título de Concierto de aniversario, en  Teatro Abierto '83;  y en 1991, dirigió la versión ampliada (Cuarteto), en el Teatro San Martín. El elenco era extraordinario:  Aldo Braga, Juan Manuel Tenuta, Jorge Petraglia, Marcos Woinsky, Hilda Bernard y Gastón Marbelli. Sergio era muy exigente.

¿Compartió estudios de música con Renán?

Los dos tocábamos violín en la Orquesta de la Universidad. Era otra época. Después de años sin tocar, llevé el violín a un luthier para que lo arreglara. Lo dejó fantástico, pero no continué... Mis notas eran comparables al maullido de un gato. Mi hermano es pianista. Habíamos tocado juntos sonatas para violín y piano, y quedamos en volver. ¡Imposible! Seguía en el teatro y algo tenía que dejar. El teatro exige y yo buscaba que mis obras conectaran con la fantasía. La obra en tierra no me atrae. No pretendo mostrar una verdad ni muchas verdades. Me atrae el misterio. Acercarse al misterio es una pulsión de vida en el ser humano. La ciencia intenta acercarse, pero aún así el misterio perdura.

viernes, 18 de agosto de 2017

CICATRICES

*Columna que complementa la entrevista a Cecilia Hopkins en "Ritos para una ausencia".

Federico García Lorca
Fue en agosto de 1936 cuando los esbirros de la dictadura franquista troncharon la vida de Federico García Lorca. Creador sugerente y apasionado ha sido y es inspirador de artistas y culturas sensiblemente distintas a la suya. Su producción y su final en aquellos días de odio atrapó y continúa seduciendo a creadores del teatro, el cine y la danza.

Lorca era un autor exitoso en la década del '30, y ya en 1929 se le rendía homenaje en Fuentevaqueros, el pueblo donde nació el 5 de junio de 1898. Las crónicas de la época destacan su sensibilidad y apego a la tradición popular, incluso en su costado pagano, expresado en los versos de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: “Que no hay cáliz que la contenga/ que no hay golondrinas que se la beban”. Apego que no significó desdén por lo experimental: El maleficio de la mariposa (1920), un fracaso teatral.

Tras el episodio en la Huerta de San Vicente -propiedad de familiares en la vega de Granada-, de donde unos hombres armados se llevaron al jardinero Gabriel Perea, por “rojo”, Federico se refugió en la casa de su amigo el poeta Luis Rosales, cuyo hermano José era jefe de la Falange granadina. Esa amistad no lo salvó. Ramón Ruiz Alonso, un ex tipógrafo, y entonces diputado del Partido Demócrata, lo había marcado. Lo arrancaron de la casa con gran despliegue de fuerzas el 16 de agosto de 1936.

Respecto de la fecha de su muerte se toma como cierta la del 19 de agosto, en Viznar (Granada), después de un mes de comenzada la Guerra Civil (el 17 de julio) con el levantamiento del general Francisco Franco. Hispanistas como el británico Gerald Brenan, el francés Claude Couffon y el irlandés Ian Gibson fueron los primeros en mencionar los nombres de los asesinos y de los asesinados junto a Lorca: los banderilleros anarquistas Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, y el maestro Dióscoro Galindo González.

Se cuenta que Lorca proyectaba los montajes de Los sueños de mi prima Aurelia y La casa de Bernarda Alba, y el traslado al cine del mundo del toreo. Buscaba editor para su poemario Suites, escrito entre 1920 y 1923, y el surrealista Poeta en Nueva York. Había iniciado la escritura de una pieza en contra del militarismo y mantenía en carpeta su obra El público, de 1930, pues creía que aún no era momento para darla a conocer. Al dejar Madrid para trasladarse a Granada, confió el manuscrito a Rafael Martínez Nadal. El texto fue leído entre amigos, y publicado hacia 1933 en España y Argentina, pero solamente las escenas segunda y quinta. En 1976 reapareció junto a otras obras. Aún hoy sigue siendo una pieza reveladora porque alude a la homosexualidad y a las tensiones que en el teatro generan oficiantes y público. El director catalán Lluís Pascual realizó una versión junto al actor Alfredo Alcón que fue invitada al célebre Teatro Piccolo, de Milán, y estrenada luego en Madrid.

En el convulsionado 1936 español, Federico había criticado a ciertos sectores de la sociedad granadina, repudiando además la gestión de gobierno de José Antonio Primo de Rivera, fundador en 1933 de Falange Española. El compromiso del poeta fue destacado por el hispanista irlandés Ian Gibson, quien opinó que ejecutando al artista se aterrorizaba a la población granadina. 

Las denuncias a personas se sucedían en 1936, y en el caso de Lorca provenían -según Gibson- de miembros de la CEDA  (Confederación Española de Derechas Autónomas) cercanos al comandante Guzmán Valdés, gobernador civil desde el mismo día del alzamiento de Granada y jefe provincial de Falange Española. Sobre su muerte hubo distintas versiones. Una de éstas es que fue asesinado por un piquete de guardias que cumplía órdenes de Valdés. Otros dijeron que la orden partíó del general Queipo del Llano. En ese reparto de responsabilidades algunos sectores intentaron atenuar cargos. Y se editaron libros, como Los últimos días de Federico García Lorca, del periodista granadino Eduardo Molina Fajardo, director de Patria y otros períódicos.

Allí aparece una declaración que el poeta Luis Rosales hiciera al jefe provincial de Falange, intercediendo por Lorca en los días que precedieron a la detención, y la posibilidad de que la ejecución se hubiera producido en la madrugada del 17 de agosto y no en la del 19. En ese texto se alude a un piquete de guardias con orden de fusilar a cuatro, y que uno de ellos era Federico, “que iba en pijama, y a quien mataron en el campo de instrucción de las tropas, antes de llegar a la Fuente Grande, a la derecha de la carretera, según se va hacia Alfacar...”.

Otro muy diferente es el contenido del certificado de defunción extendido recién en 1940 por el Registro Civil de Granada, donde consta que Lorca murió como consecuencia de “heridas producidas por hecho de guerra”. Los investigadores señalan que Francisco Franco prefería decir que Lorca murió en una riña de gitanos. Así abonado el desprestigio de Lorca, algunos devotos del Generalísimo optaron por hacerse eco de lo publicado por un periodista francés en diciembre de 1956. Su artículo sustentaba que el poeta había muerto durante una riña de homosexuales.